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miércoles, 5 de diciembre de 2007

PAPA, NOSOTROS ¿ QUE SOMOS?


A orillas de un mar generoso se extendía un pequeño pueblo, de casas blancas y pequeñas. Sus habitantes eran gente humilde que vivía de lo que el mar les brindaba. Por las mañanas, antes de que saliese el sol, deslizaban sus barcas hacia las entrañas del océano y volvían al caer la tarde, con sus cestos llenos de pescado, unas veces más que otras, pero nunca de vacío, el dios de las aguas siempre les daba lo que necesitaban y las gentes del pueblo eran respetuosos con aquellas aguas que cuidaban de ellos.

Casi pegada a la arena había una casita muy pequeñita, la puerta de la calle terminaba con un escalón de piedra, ya gastado por el uso y los años, que se adentraba en la arena, dorada y fina de la playa. Por las tardes, cuando Juan volvía del mar, gustaba de sentarse con su hijo allí, frente a la inmensidad del mar, a contemplar la puesta de sol.

Cada día la naturaleza les ofrecía un espectáculo irrepetible. Los colores cambiaban según la estación en la que estuviesen, si estaba nublado o no, según el estado del mar… pero el milagro siempre ocurría, el sol se retiraba formando una explosión de colores y luces que dejaba a su paso una estela de paz y serenidad que llenaba el corazón de los que se paraban a observarlo.

A Juan le gustaba echar el brazo por encima del niño y así juntitos se contaban los pormenores del día, todo lo que había acontecido en sus vidas durante aquellas horas de separación, pero durante unos momentos, aquellos en los que el sol se despedía y silenciosamente se adentraba en el horizonte, callaban y miraban, absortos hasta que la oscuridad comenzaba a reinar, entonces el padre le daba al hijo unas palmaditas en el hombro y le decía: ¡hala, vamos a cenar, que mañana hay que madrugar!

Aquel día el mar estaba un poco alborotado y las olas encrespadas hacían que el agua llegase cerca de donde estaban sentados dejando un camino de espuma. El niño, que tenía seis años, era curioso y siempre estaba haciendo preguntas a su padre. Preguntas que el hombre que jamás había ido al colegio, contestaba con el corazón, haciendo acopio de la sabiduría que el vivir le había ido concediendo. El niño, mirando las pequeñas gotitas de agua que se quedaban sobre la arena, le dijo muy serio a su padre: “papa, dime, nosotros ¿que somos?, ¿de donde venimos?, cuando morimos ¿donde vamos? El pobre hombre se quedo sorprendido, aquellas eran preguntas muy serias para un niño de esa edad, ¿que le podría contestar él, un pobre pescador sobre cuestiones tan complejas?, pero como le gustaba resolver siempre las dudas de su hijo, silencioso, miró el cielo hasta perderse en el horizonte, bajó la vista al mar y siguiendo las olas llegó hasta la orilla, donde las gotitas que se quedaban depositadas eran absorbidas por la arena, que volvía a ser bañada y alisada por la siguiente ola. Entonces, sin apartar la vista del horizonte, apretó al niño contra su pecho y le dijo muy serio: “Juanito, hijo, nosotros somos como el agua del mar, formamos parte de un gran océano que llamamos Dios, cada uno de nosotros somos una gotita de esa vasta inmensidad. A veces Dios nos permite separarnos y al igual que las gotitas de agua que traen las olas, nacemos y durante unos breves instantes, que nosotros traducimos en años, permanecemos en la playa, disfrutando de nuestra individualidad, nos mezclamos con la arena, nos escondemos entre las piedrecillas, brillamos con la luz del sol, y al final de nuestra vida, cuando hemos experimentado todas estas aventuras, las olas vuelven y nos arrastran hacia dentro, mezclándonos de nuevo con el mar, con Dios. A esa vuelta, los hombre le llamamos muerte, le tememos porque no queremos abandonar la seguridad de la arena, la aventura de la playa, pero en cuanto estamos otra vez sumergidos en el océano nos alegramos de volver a formar parte de él.”

Juan se quedó callado, preguntándose si su hijo habría entendido aquella explicación. Juanito rompió el silencio diciendo: ¿Sabes papá? Ahora sé que nunca estaré solo.

jdiana

miércoles, 14 de noviembre de 2007

CUENTO DE LOS DOS CAMPESINOS:



LA TORPEZA DE IGNORAR LOS TALENTOS DE NUESTRA TIERRA

Había una vez dos campesinos, Justo y Prospero, que vivían el uno al lado del otro. Ambos tenían una finca que contaba con un hermoso campo de tierra fértil, regada por un riachuelo de agua cristalina y pura que cruzaba por el centro de ambos campos. Como a los dos les gustaba cultivar flores, acudían juntos a ferias y certámenes y siempre volvían cargados de semillas de las más bellas y exóticas. Los dos organizaban fiestas a las que invitaban a los demás vecinos a saborear los ricos frutos de su huerta y contemplar sus hermosas mansiones de gran historia arquitectónica, heredadas de sus bisabuelos. Disfrutaban paseando con ellos por sus jardines y mostrándoles los bellos ejemplares botánicos que tenían. Con el tiempo la voz se corrió y cada vez era mayor el número de viajeros que acudían de los más remotos rincones del mundo a conocer aquellas fincas. Cuando los visitantes se marchaban siempre iban cargados de recuerdos agradables para ofrecerlos como presentes a sus parientes y amigos, así que acabaron instalando una tienda donde los interesados, por precios razonables, podían elegir y adquirir dichos presentes.

Con los años eran cada vez más los visitantes que, atraídos por la fama y hospitalidad de estas fincas, acudían a admirarlas.

En la época de siembra, los dos campesinos esparcían las semillas por sus campos y las sembraban. Cuidaban sus campos con cariño y esmero de manera que siempre estuviesen fértiles y preparados para conseguir la mejor cosecha de flores, conscientes de que en gran parte la fama de sus fincas se debía a sus jardines.

Justo sembraba todas las semillas que compraba fuera, pero se aseguraba de quedarse siempre con una buena cantidad de la propia, pues era consciente de que la semilla surgida y sembrada en su propia tierra se adaptaría mejor, y el sentía estas flores como más suyas. Con el tiempo se sintió muy orgulloso de contar con un jardín enorme donde florecía desde la más tímida y minúscula flor hasta el ejemplar más grande, hermoso y altanero. Justo Era consciente de que en un jardín, para que fuese armonioso tenía que combinar diversas y variadas especies de flores y de que a los ejemplares más simples y débiles, si se les proporcionaba una oportunidad y recibían los cuidados adecuados, quizás con el tiempo se hiciesen más fuertes y hermosos. Esto no impedía que cuando viajaba a las ferias siguiese comprando nuevas y variadas semillas que alternaba con las propias, y así su jardín se fue multiplicando en el infinito.

Con el tiempo se hizo muy rico y amplió muchísimo su finca.

Prospero por el contrario se limitaba a sembrar algunas de las semillas que compraba y alguna que otra propia, consiguiendo algunos ejemplares realmente magníficos, recibía a sus visitantes con todos los honores y les enseñaba sus pertenencias. Pero con el tiempo, el número de visitantes se fue reduciendo. Los que acudían lo hacían para admirar las bellas flores extraídas de las semillas importadas, pero las originales, las que se habían cultivado en sus tierras desde los tiempos de sus bisabuelos, fueron perdiendo fuerza y acabaron por extinguirse.

Ni la satisfacción y orgullo de Prospero tenían comparación con los de su vecino Justo que supo revalorizar sus propias semillas sin olvidarse de ninguna especie y sin descuidar las adquiridas fuera.

J.DIANA